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 El Supositorio Escéptico

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CorvusDeliriumEst
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MensajeTema: El Supositorio Escéptico   Dom Nov 02, 2008 4:39 am

EL SUPOSITORIO ESCÉPTICO
La cura del espíritu.
El título, en instancia primigenia, da para hablar sobre un solo tema, a saber: «la serenidad de espíritu». Empero, las circunstancias individuales dan para extender, en aspectos generales, la importancia del escepticismo en diversos temas e ideologías. A la «serenidad de espíritu» o ataraxia se llega suspendiendo el juicio, y la suspensión del juicio (epojé) se da por diez tropos que menciona Sexto Empírico en sus Esbozos pirrónicos, pero de ello hablaremos con detenimiento y más claridad en la posteridad. Por lo pronto veamos la influencia del escepticismo en un plano general.
Si pudiera dudar de todo, también dudaría de mi existencia, pero dudaría de que existo y ello supone un pensamiento; el pensamiento por sí mismo reafirma su existencia, por ello (y en la condición de ser pensante) es ridículo, patético y superfluo dudar que existo. Como ya dije, la condición de ser pensante, me da la certeza de que existo. Sin embargo, respecto al ser, encontramos cosas más interesantes, pues si no puedo dudar de mi existencia, sí puedo, en efecto, dudar del sentido de mi existencia, así mismo como de la naturaleza misma de mi existencia. «Conócete a ti mismo», decía Sócrates, y con ello dejó un aire que hiere de dudas; «conócete» sugiere que, quizá, la gente no se conozca a sí misma, o al menos, un dogmático, ponía la duda sobre el conocimiento ontológico aplicado. ¿Qué es el ser? ¿Cuál es el sentido del ser? ¿Cuál es la esencia del ser?, etc.; yo tengo mi propia opinión sobre el sentido del ser. En mi caso, por ejemplo, pensaría –influenciado por Nietzsche- que el sentido de la existencia es el arte. Pero alguien más puede pensar otra cosa, por ello caemos en un juego de subjetividades, o en otras palabras, caeríamos en relativismo, y el relativismo es, claro, un brazo del que se sirve el escepticismo para sus fines.
Desde mucho antes que Sócrates, Heráclito decía «El sol cada día es nuevo», y esas palabras ya llevaban, en su vientre, el germen del escepticismo, al menos del porvenir. También Heráclito mencionaba que «nadie se baña dos veces en el mismo río», y con ello mostraba el aspecto cambiante del cosmos, la posibilidad de miles de máscaras para el porvenir y, sobre todo, que ningún conocimiento (aún tangible como el agua) tiene una completa seguridad (como si el agua es la misma.) Si seguimos con «El Oscuro» valdría la pena recordar aquélla frase: «no me escuchen a mí, sino al logos». Heráclito dudaba de la sabiduría individual, aún de la suya misma, y proponía, para el sabio, que no se dejara persuadir con opiniones humana, pues la verdad única y eterna es universal y no subjetiva. Tanto con la voz como con las letras se puede engañar al hombre; yo, por ejemplo, puede que no interprete bien las frases de Heráclito, pero si en ello encuentran duda, es mejor utilizar la hermenéutica.
La fenomenología, dice Heidegger, debe poner de manifiesto qué hay oculto en la experiencia común diaria¹. Es por ello que tomamos a la fenomenología como una disciplina influenciada, o ligada contiguamente al escepticismo; pues bien la fenomenológica o pone las dudas, o ayuda, de manera intrínseca, a disolverlas; pero es evidente su participación dentro de la duda. Esto conlleva a que la duda, en efecto, es un motor para el pensamiento dentro de toda la historia de la humanidad, y no sólo en filosofía, sino en otras disciplinas de la más distinta índole. Así encontramos a personajes tan dispares como Michel de Montaigne que puso de relieve las contradicciones e incoherencias inherentes a la naturaleza y la conducta humana¹; Hume puso en duda la posibilidad de demostrar la verdad de las ideas sobre el mundo externo, las relaciones causales, los acontecimientos futuros, o de las entidades metafísicas, como el alma y Dios¹; Kant negaba la posibilidad de conocer las cosas en sí mismas o de alcanzar el conocimiento metafísico¹; Nietzsche negó la posibilidad de la total objetividad y del conocimiento objetivo, en ningún campo¹; Jorge Ruiz de Santayana mantuvo en su obra Escepticismo y fe animal (1923), que la creencia en la existencia de cualquier cosa, incluido en uno mismo, obedece a un impulso natural pero irracional¹; etc. Con tantos pensadores (y muchos otros que no mencioné) se podría pensar que ellos son los que tienen la razón, sin embargo, hay otros miles de autores que se le oponen a éstos, y en medio de tanta turbación para discernir quién tiene la razón, nuestro espíritu se encuentra como en medio de un efecto Doppler, conmocionado y enfermo; empero, el escepticismo se encarga de llevarnos por un camino en el que sanará nuestro espíritu, es el camino de la suspensión del juicio, de la libertad, de la tranquilidad, de la tan buscada… ataraxia.
Es importante mencionar, hasta este punto, cuál es mi postura respecto al escepticismo. Pues bien, yo creo que el escepticismo moderado sirve como motor del conocimiento, ya que la duda de algo te da motivación para investigar el objeto de tu duda. Así que un escepticismo pasivo me parece estúpido; además el escepticismo radical acabaría, por el principio de no contradicción, eliminándose a sí mismo. Sobre la imposibilidad de la duda universal, San Agustín menciona: «Si duda, vive; si duda, sabe que duda; si duda, entiende que duda; si duda, quiere estar cierto; si duda, piensa; si duda, sabe que no sabe; si duda, juzga que no teme que conviene concernir. Por tanto todo el que duda, no debe dudar de todo, ya que si nada existiese no podría dudar de todo.»²
Yo creo que simplemente no se puede dudar de todo. Si dudara de mi existencia, este trabajo no tendría sentido, sería hecho por un fantasma. Por ello, insisto, mi postura sería un término neutral, pues no creo que nada se pueda conocer, pero tampoco asiento sobre que todo es conocido.
Trataré de dar soluciones (o que dará mi máscara escéptica) a los principales turbaciones del espíritu y el alma. Hasta aquí espero que haya quedado más o menos claro que esta disciplina, no obstante suicida, tiene su sombra sobre toda la historia del pensamiento. Pero entremos, ahora sí, en lo que realmente nos interesa.
I El escepticismo patea el no-amor.
Los sentimientos y la turbación de los mismos es una de las cosas que deterioran la fortaleza espiritual humana. Uno de los aspectos que más la turba es el «no-amor», pero éste no es un sentimiento en sí, sino un espectro sentimental. Me he referido como «no-amor» porque no es amor, y el desamor, para mí, no existe. La posibilidad ontológica del amor se reduce a dos términos: amor y no-amor. El amor es inmortal, le da alas a nuestra alma y es una conexión demoníaca entre el enamorado y lo divino – si hemos de creer a Platón-. El amor sería un vehículo para llegar al mundo de las ideas, al mundo perfecto. El amor da un conocimiento alterno, de sí mismo y de las cosas; es como un estado alterno de consciencia en el que las cosas se perciben bajo el influjo, de libertad, que da el amor sentimental. El amor es una conexión onírica con otros mundos, personas y cosas, pero que, a su vez, sirve intrínsecamente como un instrumento para entender la realidad. El no-amor, en cambio, es un estado de profunda turbación que provoca, más que nada, el deseo erótico y espiritual del amor. Como es natural en el humano, se turba cuando desea algo que no consigue o que consiguió pero perdió, en tal caso el escepticismo nos ayuda a serenar el espíritu con su bálsamo.
Si el no-amor nos llena de turbación y es más sano para el hombre estar sin turbación; luego entonces debemos eliminar el no-amor. ¿Pero cómo? Pues colocando en su lugar el amor o suspendiendo el juicio. También, en este punto, habrá que dudarse del amor como yo lo he planteado, pues mi propuesta es particular y sabemos que las verdades no son particulares sino universales y válidas para todos. En su cuarto tropo, Sexto Empírico plantea que el que está en éxtasis (en nuestro caso: amoroso) percibe las realidades en otra forma. Se podría decir que los humanos son normales cuando no están bajo el influjo de algo, y anormales cuando lo están; en nuestro caso seríamos anormales cuando estamos enamorados, pero en realidad en la anormalidad también encontramos normalidad, pues lo normal para el enfermo es estar enfermo y lo anormal estar sano. En razón de ello encontramos un punto intermedio, en donde se suspende el juicio y es tan válida la opinión del enamorado como la del no enamorado. Por eso si no estamos en el éxtasis amoroso, es irrelevante que nos sintamos mal; pues se puede seguir trabajando sobre la epistemología, al igual que estando enamorado. Y una vez llegando a este punto no nos afecta, para el quehacer intelectual, ni el amor ni el no- amor.
El amor sentimental (metafísico) y el amor erótico (material, carnal) se complementan para conformar el amor verdadero; ya arriba hablé sobre el amor metafísico, y ahora tendré que hablar del amor carnal. El tercer tropo de Sexto, es «a partir de la diferencia entre los sentidos» y de él nos valdremos para intentar refutar la verdad universal en lo sensitivo. No podríamos afirmar que lo que se siente, se siente con una realidad objetiva, pues aún podría influenciar el éxtasis amoroso, y en razón de ello podríamos sentir más cosas de las que realmente percibe nuestra piel. «He experimentado varias veces que los sentidos son engañosos, y es prudente no fiarse nunca por completo de quienes nos han engañado una vez», dice Descartes; por eso habrá que andarse con cuidado, examinando, tratando de encontrar la verdad. A veces, por ejemplo, vemos a la persona que amamos muy bella, pero en realidad el tacto dice que es muy fea, y es que, en efecto, el amor nos hace ver, sentir y percibir otras realidades alternas a las cuales no podemos fiarnos de ninguna manera como que eso es lo real; pues, repito, el amor es una experiencia particular, y la verdad es universal. Descartes señala la diferencia entre el objeto y la idea, es decir, la diferencia entre el objeto y lo que se piensa o sabe del objeto. El objeto lo conocemos por medio de los sentidos, en este caso al vehiculo del amor (el humano, el amado) pero la idea es el estudio más concreto que se tiene sobre aquel objeto. Ello marca, sin duda, una diferencia en la concepción, pues mientras los sentidos presentan la cosa de una forma, la mente la presenta de otra. Por ejemplo, conocemos el diámetro de una canica, pero depositada en agua dicha canica, a la vista, parece de un diámetro mayor; en estas dicotomías se duda sobre el (la) amado(a), pues puede que su piel no sea tan suave y que lo que siento con ella no sea un orgasmo en sí, sino sólo se realice la idea que tengo del orgasmo mediante una sugestión. Así mismo la idea que tengo de la amada puede ser superior a lo que la amada es, y en ése caso el amor no tendría ningún sentido. Por ello, no se puede asentar que el enamorado vea y sienta mejor la realidad que el no-enamorado, ni que el no-enamorado vea y sienta mejor que éste; en arguyo en esto decimos que el no-amor no afecta al pensador, ni al humano, ni le da atributos ni le quita; suspendemos el juicio y llegamos a la ataraxia en cuestiones de amor, y está, por fin, sereno nuestro espíritu
II El escepticismo escupe la preocupación por la muerte.
Epicuro dice que no se ha de tener preocupación por la muerte, pues cuando uno se preocupa por la muerte, la muerte no ha llegado y cuando llego uno ya no está. La muerte, pues, no afecta ni a vivos ni a muertos. El escepticismo nos da un “plus” para ir más allá. En la tradición occidental, la muerte sería algo así como el desprendimiento del alma del cuerpo. Mientras que en el ateísmo (principalmente) se cree que el alma muere junto con el cuerpo. Recordamos a Nietzsche cuando escribe en su Así habló Zaratustra, que hay un trapecista que cae, a éste Zaratustra le dice que no se preocupe, que su alma morirá más pronto que su cuerpo y dejará de sufrir. En dogmáticos, como Platón, encontramos la posibilidad de una ascensión hacia el mundo de las ideas o cielo. Es natural que el espíritu, ante tantas concepciones acerca de la muerte, se perturbe, pero como el objetivo es llegar, instintivamente, a la ataraxia; decimos que un argumento es de igual validez (o invalidez) que el otro, y así llegamos a la epojé y posteriormente a la «serenidad de espíritu»
¿Por qué especialmente en la muerte hemos de depositar epojé? Pues simplemente porque nada se sabe con veracidad acerca de ella a pesar de las múltiples concepciones e investigaciones en diversas áreas. Desde el chamanismo hasta la más estricta rigidez científica no se encuentra un destello real de lo que es la muerte, de qué es y qué hay después de ella. Para tener tranquilidad contra la muerte (que el humano considera uno de los peores males) se han inventado diversas religiones que dan la esperanza de una vida después de la muerte, para, con ello, eliminar la muerte en sí. Pero, claro, para adherirnos a una de estas religiones necesitaríamos tener fe y voluntad de creer; con respecto a ello Adam Levi menciona: «realmente, quitando la voluntad de creer, que de ninguna manera parece justificada y por consiguiente se muestra con un supuesto extrarracional, es imposible sustraerse a la máxima y radical duda»³. No se quiere tener voluntad de creer para ubicarnos dentro de un plano dogmático y, quizá, equivocado; sino que se busca la verdad, pero para que la investigación y examino se dé, hay que empezar dudando sobre la definición verdadera de la muerte. Sin embargo, parece ser un enigma monolítico y aún más enigmático parece ser el a posteriori de la muerte. El escepticismo, por lo pronto, nos da la guía primigenia de investigación: la epojé para llegar a la ataraxia, y vivir sin perturbación espectral acerca de la, siempre presente, muerte.
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MensajeTema: Re: El Supositorio Escéptico   Dom Nov 02, 2008 4:41 am

III El escepticismo y su puta, el pensamiento.
Sexto Empírico da la definición del escepticismo: «es la capacidad de establecer antítesis en los fenómenos y en las consideraciones teóricas, según cualquiera de los modos; gracias a la cual nos encontramos – en virtud de la igual fuerza entre las cosas y preposiciones contrapuestas – primero hacia la suspensión del juicio y después hacia la ausencia de turbación». Así que la fundación del escepticismo es la esperanza de conservar o llegar a la serenidad de espíritu; y el fundamento de la argumentación escéptica es que a cada proposición se le otra proposición de igual validez. Pero no pretende dogmatizar, pues ninguna proposición es más, ni aún ella misma, por eso se auto-elimina a sí misma. Se dice que los escépticos invalidan los fenómenos, pero no es verdad –explica Sexto. No se dice, por ejemplo, que la miel no tiene sabor dulce, pero sí se puede dudar de si «es» literalmente dulce; es decir, si el objeto en sí es realmente lo que nos parece que es. «El que no se define sobre lo bueno o lo malo por naturaleza no evita ni persigue nada con exasperación, por lo cual mantiene sereno el espíritu» (S. E) y ésta es la finalidad del escepticismo. El escéptico, sin embargo, también experimenta frío, hable y demás, pero no se atormenta por partida doble; pues el vulgo no sólo se atormenta de aquellas cosas sino que las toma efectivamente como malas y en razón de ello es que padecen por partida doble. Para llegar a la anhelada suspensión del juicio, Sexto señala 10 tropos, cada uno para determinada situación en específico, aunque se suelen englobar en sólo 3 que son: «a partir del que juzga», «a partir de lo que juzga» y el de ambas cosas. Todos estos son “argumentos” que sirven para atacar a los dogmáticos, y en términos generales plantean la imposibilidad de asentar en algo con, al menos, un ápice de certeza.
Aún en dogmáticos como Platón o San Agustín, encontramos etapas o pequeños destellos de escepticismo. Antes de Platón en Sócrates, contiguo a Sócrates los Sofistas, y entre éstos sobre sale Protágoras quien decía: «concerniente a los dioses, yo no tengo medios de saber ni si ellos existen o si no existen, ni que clase de forma puedan tener; hay muchas razones por las cuales el conocimiento sobre este asunto no es posible, debido a la ausencia de evidencia y a la brevedad de la vida humana» (fr.4). Los sofistas también se hacían presentes en cuestiones escépticas; Gorgias por su parte plantea: «nada existe, y si algo existe, no podría ser conocido»; los escépticos en ello habrían visto dogmatismo, pero nosotros que somos un poco menos radicales nos damos cuenta de los matices escépticos de los singulares sofistas. Los miembros de la Academia media y la Academia nueva, y entre ellos Carnéades, cultivaron el escepticismo, no obstante, menos radical. Carnéades decía, por ejemplo, que ninguna idea podía, de manera concluyente, ser probada. En cambio, sí creía en la probabilidad de que unas fueran más certeras que otras, y unas más falsas. A Enesidemo se le considera el último gran escéptico del último periodo de la antigüedad. A Enesidemo se le atribuye el haber escrito los diez tropoi, o argumentos a favor del escepticismo. Antíoco de Escalón hizo una conexión entre el estoicismo y el escepticismo para dar fundamento a su pensamiento. Cicerón fue otro influenciado por el escepticismo. El Agnosticismo fue influenciado por el escepticismo. Eurípides compartió el escepticismo intelectual de su época y arremetió en sus obras contra los dogmas morales y religiosos del pasado, que aún gozaban de cierto crédito entre el pueblo llano¹. El escepticismo, según fuentes, también gozo de popularidad en literaturas como la persa, inglesa, holandesa, chilena y ecuatoriana principalmente. También vemos destellos de duda en Hegel, pero con respecto a él no me atrevería a decir nada. Otros escépticos y/o estudiosos del escepticismo son Diógenes Laercio, Teodoro Jouffroy, Pascal, Splenger, Rougier y Goblot. En razón de ello y para no extenderme más, con esto sólo pretendo afirmar que la sombra del escepticismo ha estado sobre toda la historia del conocimiento. Incluso podría decirse que la filosofía inicio en el vientre de la pregunta « ¿cuál es el arjé de la Physis? », con Tales de Mileto.
El escepticismo nace como una doctrina suicida, pero que en su muerte se lleva las flores de haber sido impulsor y revolucionario del pensamiento de todos los tiempos. Yo no caería en cuenta como un escéptico pleno, pero al menos sí fragmentariamente; pues, atreviéndome a reconstruir el escepticismo, diría que la ataraxía no es el fin del escepticismo, pero sí un proceso por el que todo pensador debe pasar. 1) La visión cosmopolita del pensamiento; 2) la preposición ante otra de igual validez (que anteriormente estudiamos); 3) epojé (el hombre desnudo); 4) la ataraxía (el hombre sereno); 5) la investigación filosófico-cosmopolita, ya una vez entendidas todas (o casi todas) las disciplinas respecto a un tema, podremos 5) argumentar más verazmente acerca del tema en cuestión. Esos serían los pasos que rescataría yo, para llegar a tener argumentos con mayor validez, pero en este resumen vemos la duda como parte esencial, y es que, si no nos preguntamos nunca nada, estaremos en un plano dogmático e idiota, o dicho en otras palabras, en el dogma de la idiotez.
IV El escepticismo defeca la moral.
Hay quienes dicen que ética y moral es lo mismo; pero aprovechando que tenemos estas dos palabras en el lenguaje castellano, es que me tomaré el atrevimiento (mismo que ya se tomaron antes muchos) de diferenciarlas. La moral es lo impuesto, las leyes dogmáticas, lo “correcto” según tal o cual religión y/o política; pero no porque muchas personas piensen que determinada cosa es correcta, significa que la cosa sea realmente correcta, y si se dice lo contrario se cae en una falacia. La ética en cambio, yo digo que es hacerse dueño de los propios actos, asumir las consecuencias de los mismos y, sobre todo, conocer lo que se realiza, así mismo como las causas y efectos de lo que se realiza. La ética no le quita al hombre su naturaleza libre y creativa, por eso es que a ésta no la atacaré en este apartado. Por ello especifico que mi ataque va dirigido únicamente hacia la fofa y estúpida moral.
La moral es una serie de creencias dogmáticas, pero «la enfermedad no consiste en tener falsas creencias; la creencia misma es una enfermedad: la creencia es un compromiso, una fuente de preocupación, de inquietud y de vulnerabilidad»,-menciona Martha C. Nussbaun-; por ello, menciona el escepticismo, es mejor llevar una vida conforme al impulso natural y la percepción natural, que no conlleve ningún compromiso ni apego inútil. La enfermedad (moral) se debe extirpar mediante un purgante escéptico que nos libere, y esa liberación se da, dice Sexto, sólo extirpando toda creencia moral. Así quedaríamos libres y sanos de la moral. Los dogmáticos, en cambio, no pueden curar, ya que ellos persiguen algún fin, y eso, indudablemente, causa turbación en algún punto. Además los dogmáticos sólo cambiaran la enfermedad de lugar, a saber, si dejaran tener sexo en la calle (como es común en otros lugares) castigarían más a quien lo hiciera en lugares cerrados. Hasta esos puntos, e incluso más altos, llega la paradoja dogmática. Pero el dogmatismo no puede ser un doctor, pues el dogma en sí mismo es, ya, una enfermedad que da comezón.
Naturalmente, sin moral: ni creencia, ni doctrina de está, estamos ya listos para librarnos de las cargas y perturbaciones. En este punto, la ataraxia es un impulso animal natural que forma parte de las «observancias de la vida» y que sirve, esencialmente, para preservarnos. En palabras de Pirrón: nos «despegamos por completo del ser humano» (DL, 9,66). Con una neutral indiferencia acerca de las moralidades humanas, el humano es, instintivamente, mucho más pasivo. Ya que la serenidad de espíritu da un equilibrio cósmico para establecer relaciones armónicas con los demás. De hecho se cuenta que Pirrón (padre del escepticismo) hacía tareas propias de mujeres o esclavos, lo que no se tenía como bueno en aquella época, pero Pirrón se mostraba con una declarada indiferencia a lo que pudieran pensar los demás y le ayudaba a su hermana. Cosa que, al menos las mujeres de esta época, verían con cierta simpatía. Las costumbres moralinas son tan débiles (a pesar de que en ocasiones se trata de imponer aún bajo la instrumentación de la violencia) que cambian de una época a otra, de una cultura a otra. Michel de Montaigne en sus Ensayos, muestra esta múltiple cultura que habita al mundo, las costumbres y tradiciones cambian de un lugar a otro. No podríamos afirmar, en efecto, que unas costumbres sean más veraces que otras, o que cierta forma de ver la moral sea más cierta que otra. En razón de ello, una vez más, suspendemos el juicio, nos quedamos en estado de epojé y llegamos a la ataraxía, en donde, claro, hemos quedado purgados de moral.
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MensajeTema: Re: El Supositorio Escéptico   Dom Nov 02, 2008 4:42 am

V El brindis escéptico: que esto que lo otro… ¡salud!
Son muchos los temas sobre los que se puede verter el escepticismo, pero yo he elegido, con descarada subjetividad, estos. También podríamos plantear duda en otros temas importantes, como, Vg. el arte. En efecto, nada nos garantiza que la paleta de colores que percibimos en una obra de arte sea tal como creemos, y en ese caso especifico, habría que suspender el juicio, pues nos dicen:
«Admitimos el hecho de que vemos, y reconocemos el hecho de que tenemos este pensamiento particular; más ignoramos cómo vemos o cómo pensamos. Y decimos, por vía de descripción, que ‘esto parece blanco’, sin confirmar que ello sea realmente blanco» (D.L, IX-103).
Así mismo de vista nos parece ver un óleo, y al tacto es una acuarela; o cuando una pintura da el efecto de tercera dimensión. El objeto puede ser bastante diferente de lo que se cree que es; o la intención (subjetiva) del artista no puede ser la expectación (subjetiva) del espectador, y en dicho caso ¿tendría algún valor el arte?, en cambio, la belleza natural, el arte natural es bello en sí mismo, sin necesidad de un espectador; bueno, eso es lo que aseguro.
No podríamos dudar de todo, si ese fuera el caso caeríamos en una penosa contradicción. Aún Descartes tiene como cierta su existencia y la existencia de Dios. Y es que, en efecto, nadie puede vivir medianamente decente dudando de todo, todo el tiempo. En cambio sí podríamos vivir con serenidad, dudando un poco, siendo escépticos de vez en cuando.
Si lo que tengo en la mano es licor, huele a licor, sabe a licor, tiene color de licor y además, a la larga y si con una dogmática sistematización lo consumo, me dará delirium tremens, como es propio que dé cuando consumes mucho licor. Entonces no puedo darme el lujo de dudar que sea licor. Todo licor tiene cierta estructura sensitiva determinada (olor, color, sabor, etc.), Todo el licor tiene una causa y un efecto; esto que tengo en la mano parece tener la estructura determinada del licor, y también da la causa y efecto del licor, con ello concluyo que es licor. Es fácil refutar el escepticismo radical, pasivo y estéril; la mejor manera de refutarlo es la redargución, la cual consiste en ir de lo menos conocido, pero admitido por el adversario, hasta lo más conocido, y no admitido por el adversario. Cuando dice que nada se puede conocer, también dice que conoce que nada se puede conocer. Eso es una contradicción y toda contradicción supone una mentira.
Por ello, y una vez vistos los pro y contra del escepticismo, me desprendo de la computadora y concluyo que el que duda piensa, pero el que duda de todo no piensa, es un dogmático y encerrado, y en esa burbuja el conocimiento no llega. Un poco de escepticismo sirve para curar diversas cosas, como hemos visto. Pero el escepticismo excesivo es también una enfermedad que inflama y deteriora el espíritu y alma. Hasta este punto he de mencionar que la cura escéptica, ese supositorio que sana, es una cura puramente individual. El escepticismo es una corriente filosófica que, a diferencia de otras, se centra sólo en la propia persona, sirve para la cura personal. Si los que están al alrededor suyo no se quieren curar, no importa, aún así el escéptico convive con ellos en una armonía estética. Ello nos llevaría a creer que el escepticismo es sólo para cierta elite de personas que se atrevan a dudar y pensar en las más radicales de las circunstancias.
Getzemani González Castro

Notas
¹ Biblioteca de Consulta Microsoft ® Encarta ® 2005. © 1993-2004 Microsoft Corporation. Reservados todos los derechos.
² SAN AGUSTÍN, De Trinitate.

Bibliografía consultada.
- Nussbaum, Martha C., “Purgantes escépticos: perturbación y vida sin creencias”, en La terapia del deseo, Pailón, Barcelona, 2003.
- Sexto Empírico, Esbozos pirrónicos, Gredos, Madrid, 1993
- Calvo Martinez, “El pirronismo y la hermenéutica escéptica del pensamiento anterior a Pirrón”, en Marrades Mollet y Sanchez Durá (edit.), Mirar con cuidado. Filosofía y Escepticismo, Pretextos/Universidad de Valencia, Valencia, 1994, pp. 3-19.
- Montaigne, Michel de, Ensayos completos, Purrúa, México, 2003
- René Descartes, Meditaciones metafísicas, Espasa-Calpe, México, 1991.
- Márquez, Daniel M., “Principales soluciones al problema crítico, primera parte: escepticismo”, en Lógica: controversia sobre los ‘universales’, E.C.L.A.L.S.A, México, 1951.
- Del mito al logos, No recuerdo al autor. (se me perdió el libro)
- García Bacca, Los Presocráticos.
Bibliografía electrónica.
- Biblioteca de Consulta Microsoft ® Encarta ® 2005. © 1993-2004 Microsoft Corporation. Reservados todos los derechos
- Descartes, René., Meditaciones Metafísicas, en E-book, libro electrónico.
- Nietzsche, Friedrerich., La voluntad de poderío, en E-book, libro electrónico.
- La web. (No recuerdo páginas en especifico)

( Nota: No por que haya consultado significa que esté este trabajo influenciado por todos ellos, de algunos sólo tome mínimos matices y otros sólo los consulte pero no los utilice.)
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